

La pizza – un símbolo de Italia en el mundo
La pizza, símbolo de Italia en el mundo, es mucho más que un simple plato: es cultura, tradición y pasión. Con su base de masa fermentada, cubierta de tomate y mozzarella, la pizza encarna la esencia de la cocina italiana y ha conquistado los paladares de millones de personas en todo el mundo.
Pero detrás de este plato tan querido se esconde una historia fascinante y una gran cantidad de variantes que reflejan la diversidad cultural de las regiones italianas y el gusto internacional por la innovación gastronómica.
Un poco de historia
La historia de la pizza tiene sus raíces en la antigüedad, cuando los antiguos griegos y romanos preparaban platos similares a base de pan plano condimentado con aceite de oliva, hierbas y queso.
Alrededor del año 1000 se encuentran los primeros documentos donde se habla de “pizis” y “pissas” para referirse a algunos productos de panadería típicos de esa época.
Sin embargo, fue en el siglo XVIII en Nápoles cuando la pizza comenzó a tomar la forma que conocemos hoy. Inicialmente considerada un alimento para los pobres, pronto se hizo popular entre todas las clases sociales, incluso entre las más acomodadas.
De hecho, el nombre de la pizza más clásica y conocida, la de tomate y mozzarella, tiene un origen incluso real. En 1889, el pizzero Raffaele Esposito creó la pizza “Margherita”, nombrándola así en honor a la visita de la reina Margarita de Saboya a Nápoles: la pizza estaba cubierta de tomate, mozzarella y albahaca, cuyos colores rojo, blanco y verde recordaban a la bandera italiana.
La pizza conquista el mundo
Desde entonces, la pizza Margherita se convirtió en un símbolo de Italia y en un plato apreciado en todo el mundo: de ser un fenómeno local, las pizzerías se expandieron del sur al norte de Italia y al extranjero, también gracias a los inmigrantes italianos que llevaron desde el sur un pedacito de sus tradiciones culinarias a nuevos continentes.
En 2017, el arte del pizzero napolitano fue declarado por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad.

Pizza Margherita
Una receta sencilla para preparar una pizza que no echarás de menos de la pizzería
Ingredientes
- Para la masa:
- 1 kg de harina de trigo tipo 00
- 40–50 g de sal fina
- 500 ml de agua tibia
- 1 g de levadura
Para el relleno:- 1 passata de tomate rústica
- 400 g de mozzarella fior di latte de Agerola
- Aceite de oliva virgen extra
- Albahaca
- Queso parmesano o grana rallado
Procedimiento
- Comenzamos poniendo la harina en un recipiente y disolviendo la levadura en el agua.
- Agregamos la sal a la harina y poco a poco vertemos el agua con la levadura.
- Amasamos añadiendo 40 g de aceite hasta obtener una masa elástica que no se pegue a las paredes del recipiente.
- Cubrimos la masa y la dejamos reposar al menos una hora. Después, formamos bollos de aproximadamente 250 g cada uno y los colocamos en un recipiente cubierto con tapa o film transparente. Dejamos reposar de 10 a 12 horas.
- Espolvoreamos nuestra superficie de trabajo con harina y comenzamos a trabajar los bollos, uno por uno. Extendemos la masa progresivamente desde el centro utilizando la técnica del “golpe”, pasando la masa de una mano a otra.
- Cuando la masa esté bien extendida, agregamos la passata de tomate, la mozzarella fior di latte cortada, las hojitas de albahaca y una capa fina de parmesano o grana.
- Horneamos la pizza en un horno ya caliente. La temperatura debe ser de al menos 250 °C, y cocinamos un máximo de 8–10 minutos sobre piedra o un máximo de 10–15 minutos en bandeja.
Pizza y pizzas
Bien, ahora que sabes cómo hacer una auténtica pizza Margherita, continuemos con nuestra historia sobre la pizza… o quizás deberíamos decir “pizzas”.
Sí, porque además de la pizza napolitana, con su base suave y esponjosa, considerada la más auténtica y tradicional, existen muchas otras con características muy distintas, para que cada uno pueda encontrar la que más se adapte a su paladar.
Está la pizza romana, caracterizada por una base fina y crujiente; la palermitana (el “sfincione”), con base gruesa y esponjosa, cubierta de pan rallado, cebolla, caciocavallo y conserva de tomate; luego la típica pizza siciliana, un calzone frito de masa suave relleno de queso y anchoas desaladas; y también la genovesa, pisaense, de Las Marcas, solo por mencionar algunas.

Tampoco faltan las variantes internacionales, que a menudo hacen fruncir el ceño a los italianos más conservadores.
La más criticada es, sin duda, la pizza hawaiana, cuyo efecto sobre los defensores de la pizza tradicional es comparable al del ajo sobre los vampiros. Nació en Canadá (sí, las Hawái no tienen nada que ver) de la mano del cocinero griego Sotirios Panopoulos. La combinación poco habitual de jamón cocido, piña y mozzarella crea un maridaje dulce-salado que divide a los amantes de la pizza en dos bandos claramente enfrentados.
Probablemente nunca veremos el final de esta disputa, ya que la pizza hawaiana sigue siendo popular en muchos países. Para alivio (o disgusto) de los tradicionalistas.
Estados Unidos también dio origen a varias variantes de pizza, como la New York Style Pizza, con corteza crujiente pero masa lo suficientemente suave y fina como para doblarla por la mitad y comerla “on the go”; o la Chicago Style Pizza (deep-dish pizza), con bordes muy altos y cocida en bandeja.
Pero las variantes no terminan aquí. Japón, por ejemplo, también ha aportado lo suyo: en el país del Sol Naciente es común encontrar pizzas Margherita con ingredientes de sabor local, como pollo teriyaki.

En resumen, la pizza, con su rica historia y sus casi infinitas variedades, es y seguirá siendo uno de los platos más queridos del mundo, y su capacidad de adaptarse a las tradiciones locales es una señal tangible del poder unificador de la cocina, capaz de atravesar culturas y generaciones.