

Que la comida sea una fuente inagotable de inspiración artística es algo bien conocido. Desde siempre ha tenido un papel muy especial en las obras de arte de todas las épocas; basta pensar en las escenas de caza de los primeros grafitis prehistóricos o en los mosaicos pompeyanos y bizantinos. Las representaciones prehistóricas de la comida estaban vinculadas a auténticos rituales propiciatorios hacia la Madre Naturaleza para asegurar una caza exitosa.
En cambio, en la época pompeyana la comida se utilizaba como sinónimo de “regalo de bienvenida” para los invitados. Higos, nueces, peras, cerezas, uvas, miel, quesos, caza, pan y vino eran pintados directamente en las paredes.
Otro ejemplo de la mezcla Comida-Arte nos llega de los etruscos, que introducen representaciones de banquetes, como por ejemplo el fresco de la Tumba de los Leopardos (Tarquinia), que muestra a un hombre banquetando con una copa de vino en la mano izquierda y un huevo en la derecha, símbolo de la continuidad de la vida a través del renacimiento. En las tumbas etruscas se recreaba perfectamente el ambiente en el que había vivido el difunto, incluyendo utensilios y herramientas de cocina. Así sabemos, por ejemplo, del uso del tenedor o del colador.

El concepto de banquete será fuertemente retomado por la sociedad romana, sobre todo en el periodo imperial. La simbología del banquete es una clara alusión a la importancia del disfrute de los placeres. Ejemplos claros son Luculio, Nerón y Trimalción en el Satyricon de Petronio.
En el periodo cristiano, el banquete asumirá obviamente connotaciones diferentes, como por ejemplo la representación de los panes y los peces en las Catacumbas de San Calixto, que se relacionan con los dos símbolos más icónicos de la Biblia, o como los frescos de las Catacumbas romanas de los Santos Marcelino y Pedro, que exaltan otro elemento bíblico: el vino.
La percepción de los banquetes cambió radicalmente durante la Edad Media, cuando la comida, además de ser considerada un don de Dios, se veía como fruto de un trabajo duro, llevando así a la representación de escenas agrícolas y de transformación de materias primas.
En el Renacimiento y el Barroco, la comida se convierte en protagonista de los lienzos, especialmente en la expresión de naturalezas muertas: se vuelve a representar la comida como modelo estético, energía cromática, variedad y equilibrio de formas. Como ya se ha subrayado anteriormente, el “banquete” es un tema muy frecuente en las representaciones artísticas, tanto sagradas como profanas.

Intentemos recordar algunas:
- La Última Cena – Dario di Pordenone
La obra conservada en la Iglesia de San Gregorio en Treviso muestra a Cristo frente a cuatro camarones amenazantes. Este tema se repite en más de 150 pinturas y representa el “sacrificio”, por el color rojo que adquiere durante la cocción, y la resurrección, ya que renueva el caparazón con cada cambio de estación.
- La Última Cena – Giotto
En la fantástica Capilla de los Scrovegni en Padua se puede contemplar la belleza de la obra de Giotto, donde sin embargo la mesa apenas es visible y los actores muestran la espalda al espectador. La comida ni siquiera aparece, pero aun así es una obra que anticipa los logros perspectivos de la pintura moderna.
- La Última Cena – Leonardo Da Vinci
A diferencia de Giotto, Leonardo coloca a todos los protagonistas frente al espectador, acentuando gestos y expresiones. También hay que subrayar la increíble atención al detalle de la mesa: los platos, los vasos llenos a medias, los numerosos panes a lo largo de toda la mesa, los pliegues del mantel. Magnífico también el detalle del salero derramado por Judas, referencia explícita al Evangelio de Mateo “la sal de la tierra”, como Jesús define a los apóstoles. Judas habría desperdiciado la oportunidad de serlo, como demuestra la sal derramada.
- La Última Cena – Tintoretto
La representación de la Última Cena de Tintoretto, conservada en la Iglesia de San Giorgio Maggiore en Venecia, es completamente diferente. Estamos dentro de una taberna típica veneciana; la cena es un banquete pascual judío con cordero, caldo de lechugas silvestres y panes ácimos. La mesa se muestra desde arriba con inclinación oblicua; hay oscuridad pero tres fuentes de luz crean fuertes contrastes de claroscuro. Una de las fuentes de luz proviene de Cristo rompiendo el pan y distribuyéndolo.
- Cena de Emaús – Caravaggio
La obra de 1601 es un verdadero triunfo del barroco por la abundancia de comida y la decoración de la mesa. Cada alimento representado tiene un significado simbólico preciso: el pollo representa la muerte, el pan y el vino simbolizan la vida, la granada la resurrección tras la sangre derramada, la uva negra indica la muerte mientras que la uva blanca la vida, el pescado (dibujado por la sombra de la cesta) representa a Cristo.

Caravaggio además abre el camino a la pintura de género, en particular a la naturaleza muerta. Para él no hay diferencia entre pintar un cuadro de flores o un cuadro de figuras: la naturaleza muerta está ligada al pensamiento de la muerte; es la presencia de las cosas en la ausencia o desaparición del hombre.
La cesta de frutas, única naturaleza muerta que nos queda, está encuadrada desde abajo, creando un efecto tridimensional sobre un fondo inusualmente claro y luminoso, bidimensional. Los detalles están fijados con fría objetividad: la transparencia de las uvas, la piel rugosa de los higos, la lisa y brillante de las manzanas, incluso la señal de una picadura y las hojas marchitas y arrugadas, que simbolizan la “vanitas” de la existencia humana.
Sin duda, nuestro viaje no puede dejar de mencionar las dos representaciones por antonomasia de la comida: El comedor de frijoles de Annibale Carracci y la Cena de Emaús de Francesco Barbieri, mejor conocido como Guercino, donde el artista representa los panes con las mismas formas que los panaderos de Ferrara hornean desde hace siglos. Y los peces presentados a los comensales no son más que mejillones, los mitílidos abundantes en las aguas salobres del delta del Po, preparados por los pescadores con aceite y ajo. Sobre ese mantel inmaculado se condensan así todos los aspectos de una cultura: la emiliana del siglo XVII.

